Visiones de una ciudad más allá

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La chica alegre

Capítulo 2

Uno creería que, cuando uno comete un error, y éste es de una cierta gravedad, uno aprende la lección y procura realmente no cometerlo de nuevo, pues no quiere que vuelva a ocurrir una situación de esa cierta gravedad.

Pero algunos no siempre aprendemos. Por alguna razón terminamos fallando, y eso nos hace sentir mal, por haber sido incapaces de evitar que la situación se repitiera.

Por eso mis hombros se cayeron de resignación al ver las puertas de la escuela cerradas, justo como hacía dos años. El gris carcelario que las recubría había sentenciado mi suerte. Quise suspirar y me salió un jadeo. Era el cansancio, sin duda.

Tuve que tocar el timbre y aguardar a que me abrieran, y así convertirme en la excusa para un comentario no chistoso a mis espaldas. Mientras esperaba, noté que las puertas lucían renovadas. Durante las vacaciones les habían dado una buena mano de pintura.

«¿Cómo pude quedarme dormido justo hoy? Ah, quizás no haya salvación para mí. Estoy arrancando el año con el pie izquierdo», me decía para mis adentros, caminando con paso apretado hacia el salón.

Una parte de mí no deseaba abrir la puerta, y menos aún al oír una potente voz adulta recorrer el aula. Pero tenía que entrar, como todos ya lo debían haber hecho. Y eso fue lo que hice, desde luego.

La profesora me clavó una mirada seria y por un instante no pronunció palabra; su semblante bien pudo haber estado reflejando reprobación hacia mi tardía e inoportuna entrada. Yo tampoco dije nada, pues esperaba que ella hablara primero.

—¿Está en este curso, alumno? —preguntó ella por fin, sin quitarme la pesada mirada de encima.

—Sí, buenos días. Disculpe que…

—En ese caso, preséntese, alumno, antes de tomar asiento —dijo, sin esperar a que terminara de hablar—. Ya iba a empezar con la clase de hoy. Esto es Biología, por cierto —y señaló rudamente el nombre de la materia escrita en letras gigantes en el pizarrón, algo que sólo yo había sido capaz de ignorar.

—Sí, claro… —dije, con voz insegura, pero luego junté fuerzas para enfrentar el momento. Es que, cuando se dice que uno a veces no aprende, eso significa que otras veces sí lo hace. Y yo con los años había medio aprendido a presentarme decentemente.

—Buenos días a todos, mi nombre es Sanke Jina. Me gustan mucho los deportes, y este año espero entrar al equipo de fútbol para el campeonato de la ciudad. Ah, y también…

Y ahí me frené abruptamente. Me congelé, sólo que nadie se dio cuenta porque ese congelamiento duró un brevísimo instante.

Me congelé desde los ojos en cuanto noté que había un solo asiento vacío en todo el salón, en la segunda fila. Detrás de Kari, la chica alegre.

—…Espero que este sea un buen año para todos —finalicé en tono sincero y quizás hasta un poquito sentimental, con una sonrisa en el rostro, contento de repente.

La clase entera prorrumpió en risotadas. La profesora sintió el deber de intervenir.

—¡Alumnos! ¡Por favor!

Y luego, al mirarla, vi que sus labios se torcieron como cuando uno reprime una sonrisa, y noté que su expresión severa se había ablandado.

—Bien, alumno, tome asiento, y trate de ser puntual de ahora en más —dijo ella.

No tuvo que repetirlo; moví la cabeza en un obediente gesto de asentimiento y derecho fui al pupitre que parecía —desde un punto de vista delirante— reservado para mí. En el corto trayecto que hice, divisé a mis amigos Kazu y Emell más atrás, en la zona media del salón, a un costado, cerca de la pared que nos separaba del corredor. Ellos se movieron un poco para descubrir otro pupitre vacío a sus espaldas. Tal era el verdadero asiento reservado para mí. No obstante, elegí intentar darme por desentendido y reafirmé como destino elegido el asiento de la dichosa segunda fila. Y antes de apoyar las posaderas en la silla siquiera, las dos chicas que acompañaban a la chica alegre —una a su lado y otra detrás de esta— se volvieron hacia mí con miradas penetrantes, filosas y frías como estalactitas, apuntándome justo a los ojos. Eran las amigas de aquélla actuando como custodios, como guardaespaldas. No me dejé amedrentar, aunque ciertamente tenía razones para sentirme incómodo, y mantuve la vista al frente, por encima de la cabellera de la chica alegre.

—Este lugar es de Ruri, que no pudo venir hoy —me dijo en voz baja una de las chicas, apoyando un dedo en el pupitre que yo tan alegremente ocupaba.

—Sí, hoy no viene, pero cuando vuelva se sentará ahí —agregó la otra.

—Sí, su familia quedó varada en el aeropuerto y no pudo regresar de sus vacaciones, pero hasta que pueda venir le estamos guardando el asiento —completó la primera.

—Mañana ya estará de vuelta, seguramente.

Sin querer prestarles atención, para así no darles el gusto de verme molesto, me limité a decir secamente:

—De acuerdo.

Entonces, habiendo percibido los cuchicheos, la profesora se dio vuelta y nos invitó sin palabras a cerrar la boca.

Me era casi imposible explicarme cómo aquellos dos entes perversos, llamados Aira y Hana, podían ser amistades tan cercanas a la chica alegre. Sus personalidades… o más aún, sólo la vibra misma que traían contrastaba con la de su amiga. La chica alegre y sus amigas eran tan opuestas que se atraían de algún modo. Aira y Hana eran por demás arrogantes, orgullosas y engreídas; las veía como las típicas hijas de padres ricos que habían crecido sin privaciones (al contrario, con privilegios), y al parecer sin empatía por los demás. Una descripción un tanto estereotipada, puede ser, pero no por ello tan falsa o inexacta. Sólo parecían sentirse a gusto cuando acompañaban a la chica alegre, y no solían tratar demasiado con el resto de la clase, aunque eran de alguna manera respetadas y admiradas por otras estudiantes, especialmente por las de los cursos inferiores. Por ello una parte de mí creía que ellas se sentían parte de una realeza tácita pero imaginaria, y que sus compañeros éramos la plebe que era mejor evitar.

Quizás Kari las tenía cerca no tanto porque le agradaran, como por, siendo tan buena, ser capaz de controlarlas, y así de evitar que ellas realizaran «actos malvados» en nuestra contra.

La tal Ruri, la otra amiga y la cuarta integrante del grupo, era menos soberbia y más accesible al resto de alumnos; normalmente era más bien reservada, incluso algo introvertida, y en el fondo tenía un corazón —eso se notaba—, pero el juntarse con los dos demonios la hacía parecerse a ellos en algunas ocasiones.

Así es que, cuando decidí en un impulso juvenil sentarme detrás de la chica alegre, llegando a estar más cerca de ella de lo que había podido en dos años enteros de escuela, tuve que recibir las recias miradas de bienvenida de sus amigas. Mas ellas no lograron desmoralizarme, y procuré pasar el día como en cualquier otro. Aunque ciertamente me distrajera la visión de la cabellera de la chica alegre que —como había notado desde un primer momento— estaba algo más corta de lo usual, apenas llegando a rozarle los hombros, y de la fragancia a flores con una pizca afrutada que emanaba de ella y que me envolvía en una diáfana nube invisible, llenándome los pulmones de un aire agradable y soñador. Aunque el sólo oírla hablar hacía que mi respiración se cortara inconscientemente, acaso para permitirme escucharla mejor, sin ningún tipo de interferencia, por más biológicamente necesaria que fuera.


—Con que ahí estás —oí a una voz familiar decir a mis espaldas.

Cuando me volví hacia quien me hablaba, ya sabía de quién se trataba.

—Te teníamos guardado un asiento con nosotros. ¿Por qué te sentaste adelante? —me medio recriminó Kazu.

—Le dijimos a alguien que se quiso sentar ahí que ese lugar era tuyo —añadió Emell.

—Perdónenme; no vi la silla vacía.

—Por supuesto que no, si fuiste corriendo a sentarte en ese otro lugar, con las chicas populares —bromeó Emell.

—Sí, ¿por qué habrá sido? —preguntó Kazu, con exagerado tono de burla.

—Es el único que vi —me defendí, volviendo la mirada hacia un costado. Si mi rostro llegaba a delatarme como mentiroso, no quería que lo advirtieran.

—Como sea, si quieres, puedes venir con nosotros.

—¿Si quiere? Debe hacerlo.

Recordé lo que me habían dicho Aira y Hana hacía un rato, y dije para tranquilizar a mis amigos:

—Sí, sí, mañana ya me sentaré con ustedes, como siempre.


La mañana siguiente, me desperté antes de que el despertador me arrancara del estado de sueño con su útilmente odiosa melodía. Con los ojos abiertos de par en par dirigí la vista a los dígitos rojos del reloj, comprobando que le había ganado al despertador por diez minutos. Entonces me levanté de un salto, como impulsado por resortes. No tenía ganas de remolonear ese día; no terminaba de enterarme por qué, pero estaba inusualmente energético y ansiaba llegar temprano a clases.

Tuve tanto éxito, el tráfico me ayudó tanto, que me presenté a las puertas de la escuela antes de que fueran abiertas, cosa a la que no estaba para nada acostumbrado. Como en cada mañana, ya había estudiantes de todos los años esperando alrededor de la entrada. Con un largo vistazo traté de hallar un rostro amigo o al menos uno conocido, para charlar los pocos minutos que nos separaban de la hora de entrada. Mas fue a mí a quien encontraron. Alguien avanzó hacia mí; yo lo advertí viendo con el rabillo del ojo.

—¡Hola! —me saludó ella tan alegremente.

Haciendo un esfuerzo por mantener la compostura, siendo que había sido tomado con la guardia baja, le devolví el saludo como pude.

—Ah, hola, ¿cómo estás?

—Bien, gracias. Quería decirte algo ayer, pero no te encontré —agregó la chica alegre sin demora, como si tuviera prisa, ahora que lo pienso—. Yo escuché lo que te dijeron Aira y Hana ayer, y quería que no lo tomes a mal. Tú puedes sentarte en el lugar que quieras: si quieres seguir ocupando el asiento junto a nosotras, está bien.

Pasaron un par de segundos en el que, dado que no pronuncié palabra, ella tuvo que hacerme reaccionar:

—¿De acuerdo?

—Sí, por supuesto. De todas formas… voy a cederle el lugar a Ruri —y lo que dije a continuación se me escapó; hasta lo dije dubitativamente—, para que no se separe de ustedes.

—¡Oh, qué amable! —exclamó dulcemente la chica alegre, y sus cejas, siempre altas, bajaron y se curvaron, y en el movimiento de su barbilla bien delineada pareció revelarse un sentido sentimiento de alivio—. Te lo agradezco mucho.

—No es nada —dije, sintiéndome avergonzado.

—De todas formas… Ruri no vendrá aún. Sigue varada con su familia. Estará así un par de días más, así que, ¡no te preocupes!

Y, alejándose súbita e impredeciblemente, deslizándose por encima del pavimento, me guiñó un ojo amistosamente y me dirigió un extraño gesto de aprobación.

Y entonces sonó la campana.


«Quería decirte algo…»

Esa frase, sacada de contexto, podía prestarse a malinterpretación; podía generar falsas ilusiones, falsas expectativas en un sujeto como yo, que apenas podía mantener una conversación espontánea con la chica alegre, que me dejaba distraer fácilmente por la vitalidad de sus ojos siempre bien abiertos y por los movimientos de sus labios al hablar, y por la armonía que había entre ellos.

Y es que, cuando uno es joven, la amabilidad o la bondad de una persona para con uno puede confundirse con un afecto inventado o exagerado —fuera de lugar, en cualquier caso—, o puede despertar en uno un sentimiento así por error, inintencionadamente.

Porque, ¿por qué iba a querer ella decirme algo especial, cuando apenas nos conocíamos de vista?

«…Pero no te encontré.»

¿Entonces me había buscado? No había duda de ello, a menos que hubiera estado mintiendo, y la chica alegre no parecía ser la clase de persona que mentía. Sí, me había buscado, pero no me había encontrado.

¿Dónde había buscado, que no me había encontrado?

«Qué amable», me había dicho.

¿Amable, yo? La amable era ella. Y también era amada, querida por todos.

Kari era con mucho la alumna más popular del curso y de toda la escuela, una persona ejemplar, genuinamente bondadosa y carismática. Ninguna sorpresa hay acerca de por qué le teníamos tanto afecto. Ella siempre estaba de buen humor, era una persona muy dinámica y animada. Nos trataba a todos como si fuéramos amigos de años, se preocupaba por nuestros problemas y celebraba nuestras buenas noticias. Era más solidaria, empática y amable que cualquiera. Se ofrecía a ayudar a quien fuera con lo que fuera, y a acompañar a cualquiera que lo necesitara. Y su energía radiaba en todas direcciones, levantándole los ánimos al resto. Era natural que deslumbrara a otros, por ejemplo, a mí, que me costaba devolverle un saludo sin correr el riesgo de perderme en su rostro tierno y jovial. Además, Kari era la representante del curso en el Consejo Estudiantil… y también su presidenta. Aunque le hubiera quedado mejor el título de reina. O princesa. Y nosotros, por supuesto, éramos sus súbditos. Si a ella se le caía un lápiz, de inmediato dos de nosotros nos arrojábamos al suelo para recogerlo, limpiarlo y devolvérselo, mientras un tercero le ofrecía con igual celeridad su propio lápiz… Bueno, en esto estoy exagerando, pero no tanto. En lo que no necesito exagerar es que su reelección como representante de la clase el día anterior había sido una mera formalidad —nadie se había presentado como oponente—, y aquel año además sería reelegida como presidenta del Consejo por un abrumador margen respecto de su única rival. Tal era la confianza que teníamos en ella, no sólo en la clase 3-A, sino en toda la escuela.

«Presidenta Kari», le decíamos, porque la teníamos en tan alta estima, pero también sentíamos por ella un cariño mundano, ese que ella prefería puesto que la hacía sentir normal y que la bajaba a la tierra con el resto de nosotros. Por otro lado, según lo descubrieron mis oídos, su grupo de amigas la llamaba «Karicchi» en situaciones más bien privadas o informales.

Y, pese a que en el fondo Kari era una más de nosotros, una alumna de carne y hueso, que llevaba una vida más o menos como la del resto del curso y de la escuela, y que por ello un sujeto como yo podía acercarse a ella —siempre que lograra sortear su celosa custodia personal—, pocas veces había podido aproximármele, mucho menos ser su amigo o algo así, o siquiera llegar a conocer por mérito propio algún detalle de su vida personal.

Pero muy dentro de mí creía que eso podía cambiar.


Al ser de los primeros del curso en entrar a la escuela, hallé el salón vacío. Caminé en soledad entre filas de pupitres hacia el asiento que el día anterior habían reservado para mí. No obstante, a medio camino me detuve, cuando decidí repasar en mi mente lo que la chica alegre me había dicho hacía instantes.

«…Ruri no vendrá aún.

»Así que, ¡no te preocupes!

»¡No te preocupes!»

Con una inmensa duda en mi interior, no pudiendo decidir si iba a cumplir mi palabra o permitirme quedarme cerca de la chica alegre por —tan sólo— un día más, apoyé tímidamente la mochila en el asiento de Ruri, el que le había ocupado, el que le había cuidado.

Su voz me sorprendió.

—¿Qué estás haciendo? Tenemos clase de Química, y es en el laboratorio.

Me sentí un estúpido. ¿Cómo era posible que lo hubiera olvidado? Al mismo tiempo, el que no hubiera nadie en el salón aparte de mí pasó a cobrar sentido, por más que fuera temprano.

—Oh, sí, estaba yendo —respondí.

—Muy bien, entonces nos vemos allá —dijo ella, la chica alegre, y se dirigió con paso ligero hacia la puerta, sin querer perder tiempo, por lo visto.

Sin embargo, no terminó de traspasar la salida cuando algo la hizo detenerse en seco y volver sobre sus pasos.

—Hey, ¿entonces hoy vas a sentarte de nuevo con nosotras?

Al contrario de lo que se podría pensar, el tono de su pregunta no reflejaba contrariedad o decepción, sino simple curiosidad.

—Hum… sí… Supongo que sí, si es que no hay otro sitio libre.

Salimos del aula juntos, como jamás en la vida lo habíamos hecho. La chica alegre se elevaba con cada paso que imprimía en las relucientes baldosas grisáceas, como quien quiere saltar, como quien quiere volar, pero sin atreverse a hacerlo. Yo empezaba a ver venir el arrepentimiento de «no preocuparme». Les había dicho a mis amigos que me sentaría con ellos, y a Kari, que le dejaría el asiento cerca de ella a Ruri. ¿Qué motivo podría tener para no cumplir mi palabra?

Un egoísmo involuntario, acaso un poco instintivo también que, sin embargo, se diluía cuando las circunstancias eran convenientes.

—Debería haber uno. Si no, yo misma pediré que te traigan un pupitre —me dijo.

No se hubiera esperado menos de parte de nuestra presidenta. Su generoso desinterés era cuando menos admirable.

—Gracias.

—En el laboratorio debería haber asientos para todos también. Si no encuentras un lugar, me avisas, ¿sí?

—Sí, por supuesto.

Faltaba un buen trecho que recorrer para llegar al laboratorio, y tenía que decir algo para que no nos envolviera un silencio incómodo.

—Hum… Un nuevo corte de cabello, ¿verdad?

—¡Oh, te diste cuenta! —exclamó la chica alegre, algo impresionada—. ¡Qué atento! Sí, me lo recorté un poco.

—Te sienta muy bien.

—¡Oh, qué lindo! —dijo y, pasándose una mano por el cabello, añadió—: ¿De verdad lo dices? ¿No me queda raro?

—¿Raro? No, para nada.

—Gracias, Sanke —dijo, y me regaló una de esas sonrisas azucaradas, con los ojos cerrados y la cabeza asintiendo vigorosamente, de las que nunca podía cansarme.

Bajé la cabeza al estar un pensamiento de pronto mordiéndome la nuca. La chica alegre interrumpió su permanente sonrisa. Antes de que ella pudiera preguntarme si me sucedía algo, consciente yo de que me estaba mirando, murmuré:

—Amable…

—¿Eh? —y ladeó su cabeza hermosamente, más que un cachorro.

—Hoy dijiste que soy amable… Pero la amable eres tú.

En el breve segundo que logré mirar a los ojos a la chica alegre, pues lo que estaba diciendo me avergonzaba, siendo que mis palabras provenían de mis más sinceras profundidades, noté que la había incomodado. Me pareció necesario aclarar a qué me estaba refiriendo, para que no pensara que yo en realidad quería decirle otra cosa.

—Quiero decir, te ocupas de que haya asientos para todos…

—Oh, no es nada. Es mi trabajo como presidenta —afirmó y, acto seguido, una ancha sonrisa se dibujó en su rostro.

Ello lo dijo sin ostentación, haciéndolo parecer como una labor o, mejor dicho, una responsabilidad que se le había confiado y que ella estaba feliz de poseer, y no como un cargo del que uno presume para inflar su ego vanidosamente, y que encima no desempeña como es debido.

No hablamos mucho más hasta que llegamos al laboratorio de química, aunque ciertamente logramos disipar la rara atmósfera que yo torpemente había provocado al dejar hablar a mi interior sin filtro. La chica alegre fue a ocupar su asiento, en el banco de trabajo más próximo al pizarrón, donde ya esperaban sus laderas. Yo, por mi parte, me detuve, como amarrado al suelo, mirándola.

A un lado de las chicas había una banqueta vacía.

No sabía cómo moverme de allí, pero una fuerza, un viento que sólo yo podía percibir, pretendía empujarme en cierta dirección. Al mismo tiempo, otra fuerza, más mental, se oponía, diciéndome que debía buscar a mis amigos y unirme a ellos.

Era el momento de tomar una decisión. Y vaya que la tomé.

No lo pensé y fui a aquel banco de trabajo incompleto.

No era bueno que hubiera un asiento vacío tan cerca del profesor. Él podría haber pensado que alguien no deseaba estar en su clase, o cerca de él, y eso podría haber herido su orgullo. Tal vez se habría sentido mal notando una ausencia tan evidente. Excusas de ese estilo pude haber ofrecido a mis amigos, de haber hecho falta.

Al menos dos tercios de aquel grupo no iban a darme la bienvenida, y aun así me atreví a intentar entrar en él. Mis amigos iban a enojarse conmigo, y no lo consideré ni por un segundo.

Y no llegué a abrir la boca para pedir permiso cuando Aira y Hana se volvieron hacia mí de inmediato. (Eso me hace pensar que algunas personas parecen tener sensores de movimiento.) Esquivando las miradas fulminantemente desconfiadas, señalando la banqueta sin ocupar, pregunté con un descaro a medio disimular:

—¿Puedo sentarme aquí?

Aira y Hana abrieron la boca, pero no tenían motivo para oponerse. Ruri no estaba con ellas, y yo sabía que ella tampoco asistiría ese día.

—Este… Este es el asiento de Ruri. Se lo estamos guardando —dijo, sin embargo, Aira, presentando sus tibios reparos.

—Está bien, ella no podrá venir hoy —dijo la chica alegre y, volviéndose hacia mí, agregó—: así que puedes sentarte.

—Pero… es el asiento de Ruri… —insistió Hana.

—No te preocupes, cuando Ruri vuelva tendrá un lugar.

Aira y Hana guardaron sumiso silencio. Nunca en la vida habrían de osar desobedecer el mandato de su soberana, o cuestionarlo siquiera.

—Gracias, muchas gracias —dije, aliviado. Rápidamente me senté en la banqueta que estaba a la derecha de Aira; esta, sin dirigirme la mirada, arrimó su banqueta a la de la chica alegre ni bien me acomodé en la mía. En el otro extremo quedó Hana; su reacción fue la de pedirle a la chica alegre intercambiar lugares. Extrañada, esta aceptó; claramente no advirtió que, al estar ahora en el extremo, quedaba lejos de mí.

Ya no era como en el aula, donde podía dirigirle una mirada cada tanto aprovechando mi ubicación; ahora la tenía al costado y con dos personas entre nosotros.

Por un momento sentí que mi decisión no había servido de nada.


El profesor de Química anunció:

—Alumnos, estas primeras clases aprenderemos cómo preparar soluciones y estudiaremos algunas reacciones químicas. Tendrán que confeccionar y entregar informes grupales.

La por mí inesperada decisión del profesor implicaba trabajar con la chica alegre y con sus inseparables adláteres. Preferí no mostrar entusiasmo al respecto, pero, a pocos centímetros de mí, Aira y Hana comenzaron inmediatamente a hablarse en voz baja y con cierta excitación. Mirando de soslayo creí advertir que Kari también intervenía en la conversación. ¿Estarían hablando mal de mí? Posiblemente; bueno, de los dos demonios era algo que juzgaba esperable, no así de la chica alegre.

Cuando sonó la campana invitándonos a salir corriendo a disfrutar del recreo, ya habíamos acordado que escribiríamos el informe todos juntos en casa de la presidenta, el fin de semana siguiente a la segunda clase de Química.

Faltaban algo así como cinco días, y yo ya me estaba imaginando cómo sería. No sabía dónde vivía Kari, aunque ella me había dicho en qué barrio estaba su casa, para que tuviera una idea de dónde sería la reunión.

Antes de salir del laboratorio y dispersarnos por los pasillos de la escuela, la chica alegre nos avisó que tenía algo que hacer.

—En un momento regreso —dijo.

Fue llamativo que me lo dijera a mí también, siendo que yo nunca pasaba los recreos con ella y sus amigas. En ese momento no entendí qué era lo que ella tenía que hacer, y hoy tampoco puedo asegurar algo. La cosa es que me marché del laboratorio en soledad. Iba caminando tranquilamente cuando dos personas me obstruyeron el paso.

Nada menos que Aira y Hana.

—¿De verdad piensas quedarte en nuestro grupo? —preguntó la primera, no tan agresiva como hubiera esperado; el tono de su voz más bien denotaba tristeza o desilusión.

—Pensé que tenías tu grupo de amigos —arremetió, en cambio, Hana—. ¿Por qué no estás con ellos? ¿Te echaron? ¿Te peleaste con ellos? ¿O ellos se pelearon contigo?

Perdiendo la paciencia, realmente deseé darme el gusto de plantarles cara de una vez. No obstante, mi lado más racional sabía que ello no era conveniente, no sólo porque aquellos demonios eran capaces de complicar mi existencia si se lo proponían, sino que, además, si la chica alegre llegaba a saber que estaba enfrentado a sus amigas, se podría alejar de mí, tomándome por mala persona. Lo mejor era no arriesgarme; si era paciente tal vez tendría una oportunidad de acercarme a la chica alegre sin guardias de por medio. Una oportunidad debía presentarse en algún momento.

—No estamos pegados —repuse—. Además, fui con ustedes porque era el único lugar libre que vi.

—Sí, pero ese lugar se lo estábamos guardando a Ruri —repitió Aira.

—¿No recuerdas? Ruri se sienta siempre con nosotras —agregó Hana.

—Entiendo. Es que no sabía que habría que hacer un trabajo grupal.

Aira y Hana se miraron entre sí. Algo se dijeron sin palabras.

—Pensé que… —intenté continuar.

No me dejaron explicar que mi idea original era la de sentarme ahí sólo por ese día. Ambas me acercaron peligrosamente los rostros cargados de miradas inquisitivas, dirigidas justo a los ojos, como tratando de leer mi mente a través de ellos.

—¿No será que…? —se preguntó Aira.

—¿Podrá ser que…? —pensó Hana en voz alta.

Pero, súbitamente, ambas se echaron hacia atrás y adoptaron una postura relajada y natural. La chica alegre se acercaba a nosotros dando sus característicamente animados pasos, llenos de energía positiva.

—Listo, ya volví —anunció ella—. ¡Oh! ¿Se enteraron? Ruri vuelve mañana.

—¡Qué bueno!

—Esas son excelentes noticias. ¿Cómo lo supiste?

—Ella acaba de escribir un mensaje a nuestro chat. Está por tomar el avión de regreso.

—¡Por fin, después de todo este tiempo!

Aunque tal vez se esperaba una reacción de mi parte, no dije nada; tan sólo me limité a sonreír ligeramente por cortesía. En algún momento Ruri iba a tener que regresar. Lo acepté de inmediato, con naturalidad, sin verle un lado negativo.

Y, ya que estábamos en recreo, nos separamos; la chica alegre y sus amigas fueron por su lado, y yo fui por el mío, a encontrarme con mis amigos.

El resto del día no tuvo mucho de novedoso. Me sentía bien estando a centímetros de la chica alegre aunque, sentado detrás de ella, no podía ver su cara más que cuando ella volteaba para hablar con nosotros, y aun así, por motivos anatómicos, no le veía más que media cara cada vez. Sí, cuando ella tenía que decirnos algo, nos lo decía a sus amigas y a mí, como iguales, como si yo fuera miembro de pleno derecho del grupo. Así de amable era. Aira y Hana no volvieron a hostigarme, ni siquiera a mirarme como si yo fuera un extraterrestre o una especie de criatura perturbadora salida de una cueva fría y húmeda, y así, llegué a sentirme cómodo, incluso a gusto. Hasta empecé a pensar que Aira y Hana no eran tan malas después de todo, que al no conocerlas yo caía en el error de exagerar acerca de su personalidad o de tener prejuicios acerca de ellas, o que tal vez lo que pudiera pensar de ellas se debía a que no entendía su forma de ser. Tal vez no me despreciaban como algunas de sus actitudes podían sugerir. Tal vez el día que nos reuniéramos para el dichoso trabajo de Química lo pasaríamos bien, y llegaríamos a hacernos amigos… O quizás no tanto, siendo un poco más realista.

Realmente quería conocer más de Kari.